Señora Tz’aka’ab Ajaw, la “Reina Roja” de Palenque en el Museo Thyssen hasta el 22 de marzo

El museo Thyssen descubre algunos de los secretos de la Señora Tz’aka’ab Ajaw, la ‘Reina Roja’ de Palenque, el ajuar funerario de esta figura histórica de la civilización maya del siglo VII, esposa de K’inich Janaab’ Pakal (Pakal el Grande), uno de los gobernantes más importantes de la ciudad de Palenque (Chiapas, México).

La señora Tz´aka´ab Ajaw (o Ahpo Hel) nació en la segunda década del siglo VII en el seno de la familia real de Uhx Te’ K´uh. En el año 626 llegó a Palenque y contrajo matrimonio con el gobernante K´inich Janaab´Pakal, fortaleciendo alianzas políticas y asegurando la continuidad dinástica. La pareja tuvo al menos tres hijos, dos de los cuales fueron gobernantes: K´inich Kan B´ahlam II y K´inich K´an Joy Chitam II. El tercero, Tiwo’hl Chan Mat, falleció antes de acceder al poder.

Su nombre significa «Reina de los innumerables Linajes» o «señora Gobernante de Generaciones», y fue sin duda una poderosa matriarca que completó el rol de su esposo. Diversos monumentos de Palenque muestran su nombre y títulos, y los atributos iconográficos de sus retratos sugieren una participación en ceremonias dinásticas y rituales de legitimación, en la promoción de obras arquitectónicas y artísticas, la organización de banquetes y la supervisión de la producción textil, así como en la vida política y bélica de la ciudad.

«Reina Roja»
El 13 de noviembre de 672, cuando tenía entre 55 y 60 años, la señora Tz’aka’ab Ajaw «entró en el camino» al exhalar su «blanca flor». Su cuerpo fue inhumado en una cámara mortuoria en el Templo XIII-sub, en compañía de dos víctimas sacrificadas.

El evento de entierro, mukna’: debió de realizarse entre dos y diez días después de su última respiración. Su cuerpo y su sarcófago monolítico fueron cubiertos con cinabrio (sulfuro de mercurio), preciado colorante carmesí, vivificante para los mayas.

Fue sepultada con los objetos que usó en vida y que le acompañarían en su largo trayecto al inframundo, así como con una máscara de mosaico de malaquita y un elaborado tocado a modo de corona hu’unal – propia de la élite gobernante maya- que cobijaban su semblante y que representan los títulos que mantendría para las generaciones venideras, aquellos vinculados con su estirpe y su largo y destacado linaje dinástico. Su cuerpo se constituyó en reliquia, punto de enlace entre su nuevo lugar de permanencia postmortem y la tierra, entre los vivos y los muertos.

La civilización maya floreció hace más de tres milenios en el sureste de México, Guatemala, Belice, parte de Honduras y El Salvador. Sus sistemas calendárico y de escritura jeroglífica, sus profundos saberes matemáticos y astronómicos, su arquitectura monumental y su refinado arte dan cuenta de su grandeza. Pero no se trata de una mera cultura del pasado: hoy más de treinta pueblos mayas habitan casi los mismos antiguos territorios, hablan lenguas derivadas de su ancestral tronco común lingüístico, el protomaya, y conservan la esencia de sus costumbres y creencias.

Entre las antiguas ciudades mayas, Lakamha’, «(lugar de) Agua grande», hoy Palenque, destaca como un prodigio en la selva chiapaneca. Su arquitectura revela el poderío de la dinastía encabezada por K´inich Janaab´Pakal-Pakal «el Grande»- quien en el siglo VII impulsó el esplendor artístico y político de la ciudad. A su lado gobernó su esposa, la señora Tz´aka´ab Ajaw, la «Reina Roja», cuya historia es testimonio de la fuerza y el legado de las mujeres mayas.